Oh, Señor Jesucristo, Hijo del Dios viviente, a ti clamo en este día con un corazón sediento de tu presencia. Tú, que eres el alfa y la omega, el principio y el fin de todas las cosas, ven a mi vida y toma el lugar que solo a ti pertenece.
Te abro las puertas de mi corazón y te invito a reinar en cada pensamiento. En cada palabra, en cada obra que emprenda.
Oh, Jesús, mi buen pastor, que dejaste las noventa y nueve ovejas
para buscar a la que estaba perdida, ven en mi auxilio cuando me alejo del camino.
No permitas que me pierda en las sombras del pecado ni en la confusión del mundo, sino condúceme con tu vara y tu callado hacia la senda de la vida eterna. Que mi alma encuentre en
ti su refugio, su paz y su salvación.
Oh, Señor, que sanaste a los enfermos, diste vista a los ciegos y resucitaste a los muertos. Ven y toca mi vida con tu poder. Sana mis heridas, libérame de toda carga, restaura mi espíritu
y lléname de tu gracia.
No hay enfermedad ni tribulación que se resista a tu autoridad, pues tú eres el camino, la verdad y la vida. El único que tiene palabras de vida eterna.
Jesús amado, que con un solo toque de tu manto sanaste a la mujer que padecía flujo de sangre. Toca mi alma en este momento y transfórmame con tu amor.
Dame la fe de aquella mujer que supo que solo en ti encontraría la sanación que tanto anhelaba. Ayúdame a confiar en tu poder, sin dudar, a creer que en tus manos todo tiene solución, a caminar sobre las aguas de la vida sin miedo, como Pedro cuando fijó su mirada en ti.
Oh, Redentor del mundo, que con tu sangre derramada en la cruz nos diste la salvación, purifícame y líbrame de todo pecado.
Lava mi corazón con tu misericordia y hazme digno de llamarme hijo de Dios.
Dame un espíritu nuevo, un corazón humilde que sepa reconocerte en cada momento de mi vida, que nunca me aparte de ti, que nunca deje de buscar tu rostro, que en cada amanecer mi primer pensamiento sea para alabarte y en cada anochecer mi último suspiro sea un acto de gratitud por tu amor infinito.
Jesús, tú que multiplicaste los panes y los peces, multiplica en mi vida la fe, la esperanza y el amor. Que nunca falte tu provisión en mi hogar, que mis manos sean generosas como las tuyas y que
mi corazón sea un reflejo de tu compasión.
Enséñame a dar sin esperar recibir, a amar sin condiciones, a servir sin buscar recompensas, pues solo en la entrega está la verdadera
felicidad.
Oh, Señor, así como llamaste a Lázaro fuera de la tumba con tu voz de poder, llámame a salir de todo aquello que me ata y me impide vivir en plenitud.
Libérame de los miedos, de las dudas, de la desesperanza. Dame la certeza de que en ti siempre hay un nuevo comienzo, que el dolor no tiene la última palabra, que la cruz es el
camino hacia la resurrección.
Oh, Jesús, tú que venciste la muerte y te sentaste a la derecha del
Padre, ven y reina en mi vida. Toma mi corazón, mi mente, mi voluntad y hazme tuyo completamente.
No quiero vivir lejos de ti. No quiero caminar sin tu luz.
No quiero tomar decisiones sin consultarte primero. Quiero que seas el centro de mi existencia. Mi guía, mi fortaleza, mi todo.
Oh, mi Salvador y mi Rey, no dejes que mi corazón se enfríe ni que el ruido del mundo apague el fuego de tu amor en mi interior. Dame la gracia de buscarte cada día con la misma sed con la que el siervo anhela las aguas.
Que mi alma nunca se sacie de ti, sino que cada día desee más
de tu presencia, más de tu paz, más de tu espíritu obrando en mí.
Tú que fortaleciste a tus apóstoles cuando la tormenta amenazaba con hundir su barca, ven y acalla las tempestades de mi vida.
Que cuando los vientos de la duda soplen fuerte y las olas
del miedo me rodeen, pueda levantar mis ojos hacia ti y encontrar la calma en tu mirada.
Enséñame a confiar en tu poder aun cuando todo parezca perdido.
A creer que nada escapa de tu control y que en ti siempre hay esperanza.
Oh, Jesús, tú que dijiste, pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Hoy me presento ante ti con humildad y fe.
Te pido, Señor, que endereces mis caminos, que ilumines mis decisiones y que me concedas la sabiduría para vivir conforme a tu voluntad. Si lo que pido no es lo mejor para mí, dame la gracia de aceptarlo con humildad, confiando en que tus planes son siempre mejores que los míos.
Oh, amigo fiel, acompáñame en mis días de gozo y en mis noches de angustia. Que mi alegría siempre tenga su raíz en ti y que mis lágrimas encuentren consuelo en tu presencia.
Dame un corazón dispuesto a amar sin medida, a perdonar sin rencor y a servir con generosidad, porque solo en el amor encontramos el verdadero sentido de nuestra existencia.
Así como abriste los ojos de los ciegos y liberaste a los oprimidos, abre mis ojos para que vea tu verdad y libérame de todo aquello que me aleja de ti.
Que ninguna atadura me esclavice, que ningún pecado me domine, que nada tenga más poder en mi vida que tu amor redentor.
Señor Jesús, tú que caminaste entre nosotros con mansedumbre y humildad, enséñame a imitarte en todo. Que mis palabras sean dulces como las tuyas, que mis manos sean generosas como las tuyas, que mi corazón sea misericordioso como el tuyo.
Quiero que mi vida entera sea un reflejo de tu amor, para que quienes me rodean puedan verte en mí y deseen conocerte más.
Oh, mi Jesús, no permitas que me aparte de ti. Cuando mi corazón se enfríe, reaviva el fuego de mi amor. Cuando mi fe se debilite, fortaléceme con tu gracia. Cuando el mundo me tiente con sus falsas promesas, recuérdame que solo en ti está la verdadera felicidad.
A ti me entrego, Señor, con la confianza de un niño que descansa en los brazos de su padre. No permitas que me aparte de tu lado ni que las preocupaciones del mundo apaguen mi amor por ti.
Dame la perseverancia de los santos, la fidelidad de los discípulos y la pasión de aquellos que dieron su vida por anunciar tu nombre. Y cuando llegue el día en que deba partir de este mundo, que mis labios pronuncien tu nombre con amor, que mis manos se abran en un último acto de entrega y que mi alma vuele hacia ti, donde la muerte no existe y el amor es eterno.
Hasta ese día, Jesús mío, aquí estoy, rindiéndome ante ti, entregándote mi vida y proclamándote como mi único Señor y Salvador. En ti confío, en ti espero, en ti descanso.
Amén.
Reflexión sobre orar a JESÚS para CURAR ENFERMEDADES
Jesucristo es la luz que ilumina nuestro camino, la roca firme en la que podemos
apoyarnos en todo momento. Cuando lo invitamos a nuestra vida, su amor transforma nuestro corazón. Su paz nos llena y su gracia nos sostiene en cada prueba.
No hay dificultad, sufrimiento o temor que pueda resistirse a su poder, porque Él es el Señor de todo, el que vence la oscuridad con su luz y el que nos
promete estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.
